Google
 

viernes, 16 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (VI)



Mientras tanto, el arenero, con su valiosa carga de cubanos dispuestos a conseguir su libertad, se mantenía abriéndose paso entre la jauría de embarcaciones castristas, también decididos a detenernos al costo que fuera necesario. Antonio Fernández, integrante de nuestro grupo, fue alcanzado en su mano izquierda con un proyectil de calibre 22. “Estaba sujetando la baranda, cuando sentí un fuerte dolor acalambrado que al mismo tiempo me quemaba la mano. Cuando fui herido no atiné a nada, salí corriendo hacia el puente para recibir ayuda”, según nos contó mientras lo curaban.

Al llegar, vi su mano ensangrentada. Debajo de la piel amoratada y sanguinolenta, un objeto extraño y abultado se podía notar: el proyectil había quedado atascado entre los huesos y los tendones. De forma incontrolable su mano no paraba de temblar, por el tremendo dolor que estaba sintiendo. Se le limpió como se pudo y se le vendó la mano con unos pañuelos de tela limpia que de antemano se habían preparado para situaciones como ésta. Sentado en el piso, con la cabeza recostada a la pared, nos dijo: "Siempre habíamos escuchado historias de que los soldados cubanos dispararían contra cualquiera que intentara abandonar Cuba. Yo no lo creía y realmente nos los están haciendo”.

Antonio no paraba de hablar mientras terminaban de darle los primeros auxilios en su mano izquierda. Después lo vi bajar las escaleras del puente y a zancajadas correr hacia la cubierta y sumarse al grupo de resistencia. Los hombres dignos como él, en sus deseos de libertad, se entregan de tal forma que se olvidan de sus dolencias corporales. El 5 de junio de 1994, Antonio Fernández fue entrevistado por el periódico Sun Sentinel.

La historia que estoy contando no es más real solo porque hubo heridos o porque en ella se involucraron cuerpos militares estadounidenses y guardafronteras cubanos. Nuestra memoria no siempre es fiable, porque ella puede confundir la realidad con la fantasía. El ser humano tiende a distorsionar los hechos, de acuerdo a nuestros miedos, esperanzas o deseos. Pero lo ocurrido el 4 de junio de 1994 quedó impregnado en nuestro ADN de tal forma que estos pasajes quedaron grabados para siempre en lo más profundo de nuestra psiquis. Fue algo que superó nuestras emociones y quedó exento de cualquier riesgo de distorsión producida por el tiempo. Fue una odisea sobrehumana.

Fuimos sometidos a una confrontación directa y extremadamente fuerte por parte del castrismo. Y que pudo haber sido mayor pues esa madrugada, una flotilla de remolcadores asentada en la Bahía de La Habana fue movilizada y enviada para perseguirnos y detenernos. Pero debido al mal tiempo y la distancia, fue cancelada la misión y enviada de vuelta a su base. La flotilla, conformada por tres remolcadores de la serie Polargo, un mes después, el 13 de julio de 1994, en aguas de la bahía habanera, criminalmente masacró al Remolcador 13 de Marzo. Esa noche murieron 37 compatriotas. Diez de ellos eran niños.

Volviendo al René Bedia Morales. Una de las proezas más relevantes fue cuando los guardias de la cohetera trataron de brincar por la popa. De pronto, del grupo de personas que defendía la proa del moto arenero, ví correr como un bólido a Portuondo hacia el guinche de popa. Al llegar, arranca el cable de 440 voltios y con grotesco ademán, golpea el cable contra la baranda de popa al tiempo que grita "Si brincan los voy a electrocutar a todos". Los guardias que estaban a punto de saltar retrocedieron aterrorizados al ver que, producto del corto circuito del cable eléctrico contra la baranda de metal de la popa, del barco salieron enormes chispas que parecían fuegos artificiales.

Llevábamos unos 40 o 50 minutos y creo, no estoy seguro, que solo habíamos avanzado unas 8 o 10 millas del puerto del Mariel. Es que habíamos perdido tiempo de avance cuando el barco giró sur hacia tierra, debido al disparo que alcanzó a Andrés en el cuello. Pero seguíamos en nuestros puestos, seguíamos insistiendo en las comunicaciones. Era nuestra única esperanza: neutralizar al enemigo antes que nos lanzaran un cohete o hicieran algo horrendo para poder detenernos en aguas alejadas de la costa y de la vista del pueblo, que se mantenía observando desde el litoral y en los balcones de los edificios del Mariel

Mayday, Mayday, es la moto arenera René Bedia Morales! Mayday, Mayday, una y otra vez se repetía la llamada de emergencia sin lograr contacto alguno. Verificábamos la potencia de salida para cerciorarnos de que el equipo estaba funcionando bien. Definitivamente nadie nos escuchaba. Juan me recomienda subir la potencia de 5 a 40 watts, a ver si de esta forma lográbamos hacer contacto. Estaba dudoso de si ésa era una buena solución, y aunque el equipo fue concebido para trabajar bajo potencia máxima, se podía dañar al operarse al límite de su capacidad.

Pero no nos quedaba otra alternativa, intentarlo una y otra vez. Y había que hacerlo a como diera lugar, era nuestra responsabilidad y la única alternativa para conseguir la ayuda que tanto necesitábamos por los heridos. Todo en medio de aquel aislamiento, donde teníamos que arreglarnos solos en la lucha desigual que estábamos librando contra tropas castristas. Pero no quedaba otra alternativa que subir la potencia. Mientras, la calibre 50 seguía disparándole al puente. Y fue en ese momento cuando al finalizar el llamado de Mayday, un zumbido por encima del nivel de ruido de la frecuencia, comenzó a escucharse cómo aumentaba y disminuía su potencia. Era la señal de sintonía de un transmisor, alguien estaba sintonizando su equipo encima de nuestra frecuencia, alguien por fin nos había escuchado en medio de aquel holocausto. Juan y yo saltamos de alegría. No podíamos creer que ya dejaríamos de estar solos en medio de la nada. Por fin los heridos podrían ser atendidos.

Pero mientras todo esto ocurría a miles de millas, radioaficionados que nunca pensaron en una aventura como ésta, por cosas del destino iban a implicarse. De pronto el sonido de 1 Kilohertzio (kHz) de sintonía que estábamos recibiendo se apaga, y una voz a través de la bocina de nuestro transceptor se escucha: Adelante, moto arenera René Bedia Morales. Moto arenera Rene Bedia Morales. Esta es la Hotel, Papa, 1, Delta, Alfa, Víctor, Repito, Hotel, Papa, 1, Delta, Alfa, Víctor, operador Álvaro, cambio. HP1-DAV (Álvaro) y HP1-DCF (Carlos) eran radioaficionados panameños.

A las 1:37 de la madrugada del sábado 4 de junio de 1994, cuando estábamos por finalizar nuestra transmisión con los radioaficionados panameños, que habíamos modulado por frecuencia en el equipo de HF (High Frecuency), de repente recibimos un llamado de permiso. El colega que estaba llamando tenía un tono de desesperación y angustia.

“Permiso, permiso”, decía, pero no sabíamos de quién se trataba. Cuando Álvaro (HP1-DAV) le dio el pase para que se identificara, se reporta la estación venezolana YV5-JCB (Pedro Rodríguez). Entonces comentó que nos trasladáramos de inmediato a la frecuencia 7118.8 MHz, pues según HP1-DAV (Álvaro) había una llamada de urgencia suprema. Rápidamente giro el sintonizador de frecuencia (VFO) del equipo de radio y me detengo en 7118.8 MHz.

Ajusté mi transmisor y al llamado de auxilio le pregunté su identificación, y hacen saber que eran CM2-PJ Y CO2-JU, los dos Juan a bordo de la moto arenera René Bedia Morales, donde aproximadamente habían cien personas a bordo entre ellas mujeres, niños y personas mayores, que estaban siendo atacados con disparos de alto calibre y se encontraban a 8 y 12 millas del puerto del Mariel, que mantenían un rumbo a 15 grados NW, HP1-DAV (Álvaro) le dijo a HP1-DCF (Carlos) quien también se había trasladado a la frecuencia de emergencia. Carlos tomó el control y dijo que me va a poner en contacto con el Comando Sur del ejército norteamericano acantonado en las riberas del Canal de Panamá, para informarle de lo que estaba ocurriendo en el Mar Caribe a la embarcación René Bedia Morales.

HP1-DAV (Álvaro) se separa del equipo de radio y toma el teléfono, a un paso de donde se encuentra sentado en la estación de radioaficionados. La llamada fue al teléfono 104 (policía nacional). Me contestaron de la estación de policía del Parque Lefebvre. Expliqué lo que estaba sucediendo y me dieron el número telefónico 21-8813, pero marcaba y daba ocupado. Pero ya les había notificado mi número de teléfono y a los 3 minutos, de la estación de policía Parque Lefebvre, me llamó el cabo 2do (Luis Aparicio). Eran aproximadamente las 2:10 am (H.P), le expliqué todo lo que estaba pasando, y él me facilitó el teléfono 81-1212, el número de la base militar en Fort Clayton.

Juan Felipe

Foto: Casa donde Juan Felipe y su familia vivían en Regla. La torre que se ve en el techo era de su antigua estación de radio CO2JU. También se ve la antena direccional para 2 Mts que instaló en 1990. Tomada de su Facebook.

miércoles, 14 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (V)



Nuestra actitud dejó bien claro a los sicarios de la dictadura que no nos podían arrebatar nuestros valores morales ni nuestras ideas de libertad. Esto marcaba una gran diferencia entre ellos y nosotros. Llegó un momento que nuestra moral aumentó tanto, que las descargas de sus armas de calibre pesado contra el casco del René Bedia Morales no nos infundían miedo y no influían en nuestra decisión de morir o vivir en libertad. Esto nos ayudó a cambiar el panorama. Nuestra gente, hombres, mujeres, niños y ancianos se parapetaron en la cubierta del arenero con cuanto objeto encontraron en su camino, para obstruir el abordaje de aquellos salvajes sicarios. Ahora eran ellos los temerosos pues sabían que no daríamos marcha atrás y que ante la opinión pública internacional, una masacre se convertiría en un testimonio contra un régimen sangriento.

Dentro de las embarcaciones fidelistas se percibían divisiones. Entre los jóvenes reclutas que estaban siendo empujados a masacrar a su propio pueblo, empezaban a germinar otros comportamientos. Las protestas entre ellos evidenciaban que estaban desmoralizados. Ya la moral de los jefes de los guardafrontras había empezado a resquebrajarse y se produjeron insubordinaciones, guardias que se negaban a cumplir alguna orden.

Con un lenguaje preciso, suscinto y claro, la dirección del grupo al resto del colectivo le comunicamos la decisión que habíamos tomado: de que lo que lo que nos habíamos propuesto, era verdadero e incuestionable. Todos estuvieron de acuerdo. Fue un afirmación unánime, una expresión rotunda y positiva que se formulaba desde lo más profundo de nuestro ser. Consolidábamos así lo que habíamos acordado cuando decidimos irnos al exilio. De que “para atrás ni para coger impulso”. En ese momento, las palabras e ideas que cruzaron por nuestras mentes fueron muy importantes y valiosas. Aunque en verdad, a excepción de nosotros mismos, ese presente incierto y angustioso era lo único que teníamos y por eso debíamos mantenernos firmes y tener bien claro el rumbo predestinado desde el principio, cuando nos pusimos todos de acuerdo para abandonar la infrahumana represión castrista. Las ideas que cruzaron por nuestras mentes apuntalaron la convicción de que todo ser humano debe librar una lucha interna para salir victorioso de ese amasijo de conflictos y emociones que componen la existencia humana.

Nuestro coloquio mental reafirmaba nuestra determinación de no querer vivir más en el terror, dejar de ser perseguido por el mero hecho de querer darle una mejor alimentación a nuestros hijos, por querer expresarte libremente y desear vivir de acuerdo con tu religión y tu criterio político, de trabajar para obtener beneficios personales. Eran algunos de los pensamientos que teníamos sobre una idea bien definida: vivir en libertad o morir. El viejo adoctrinamiento recibido desde nuestro nacimiento, lo habíamos borrado para siempre. Y los nuevos pensamientos que habíamos interiorizado, se habían apoderaba de todo nuestro ser. Ya para nosotros no habría más represión ni más miedo. “Seguiremos defendiendo este pedazo de territorio libre”, gritó una voz.

De nuevo miré hacia afuera, a través de la ventana. Era como en las películas de Hollywood, el humo y las luces de los guardacostas, con sus matices de sombra, formaban un escenario confuso donde dos grupos, uno, pretendiendo perpetuar la miseria humana, el caos, la represión y la longevidad de un sistema arcaico y decadente, y el otro, compuesto por personas de pueblo, sencillas y humildes, tratando de huir de la oscuridad que envolvía a su país, donde lo principal son sus gobernantes y su régimen totalitario, violadores sistemáticos de los derechos humanos de sus conciudadanos. Regresé a la realidad y vi que a través de las ventanas del moto arenero, estaba siendo iluminado tenuemente por las lanchas castristas. En ese momento me sentí como un actor en medio de un vibrante monólogo interno que se mantenía absorto en una escenografía onírica. También observé que las tropas élites del régimen se componían de unos 40 efectivos aproximadamente, y nuestro grupo de 64 personas indefensas, luchando y defendiendo la cubierta de nuestro barco, sin recursos ni armas, contra masacradores despiadados.

Todo esto me permitió, por un instante, aislar mis pensamientos y concentrar mi atención sobre determinados hechos que se generaban en la cubierta entre los guardias y nuestra gente y me di cuenta de la mucha adrenalina que había en nuestra gente, de donde emanaba una energía y una euforia tan grande que era totalmente contagiosa.

Estaban todos como en un trance, se movían en la cubierta del barco como los antiguos romanos, se combatía en grupos uno al lado del otro, cubriéndose entre sí, para no dejar espacio por donde pudieran saltar los sicarios. No importaba si era mujer, joven o viejo, cada uno se parapetó en la cubierta, sosteniendo en sus manos cuanto objeto había encontrado. Si trataban de brincar por estribor, los nuestros corrían a estribor. De esa forma le enviaron un mensaje rotundo a los guardias: si brincan, los vamos a llevar pa' Miami. A estos valientes hombres en sus rostros se les veía la determinación de defender cada palmo de nuestro barco, sus ojos tenían esa mirada aguda típica de un animal acorralado que tiene que dar toda su bravura para defender su vida y la vida de su manada.

Juan Felipe
Fotocopia del relato publicado en 1994 en El Nuevo Herald. La niña es Yindrys Felipe Rodríguez, hija mayor de Juan Felipe y su esposa Dolores Rodríguez.

lunes, 12 de febrero de 2018

La odisea del 4 de juio de 1994 (IV)



Mientras veía a Andrés desangrándose, tuve extraños pensamientos, sobre hombres que de alguna manera tendían a replegarse, a encontrarse a sí mismos a consecuencia de sus propias necesidades, miserias personales y espirituales que durante años han ido acumulando. La revelación de la antipatía al régimen indicaba que cada cual era víctima de su propio encierro en un micromundo existencial y en un asfixiante clima en el cual ya no tenían espacio la demagogia de ideales revolucionarios como los del castrismo fidelista. El vínculo con esa ideología ya estaba roto. La doctrina del odio hacia los que pensaban diferente no dio resultado en estas 64 personas apolíticas que solo querían vivir en libertad.

El egoísmo y el odio son incompatibles con el amor al prójimo. El egoísmo y el odio acumulado en el corazón le arruina la vida a los llamados revolucionarios y también a quienes les rodean. Estos revolucionarios son fieles seguidores de la doctrina del fracaso y la miseria, distribuidores conscientes de envidia y animadversión hacia sus semejantes. Su principal rival es la cordura, la armonía y el amor. Porque sin dudas, el amor entre los seres humanos quiebra la maldad y logra triunfar, al ser el sentimiento más limpio y puro que avala lo que por naturaleza somos. Y ese sentimiento se había puesto de manifiesto al ver a uno de nosotros caer herido.

En ese momento, el barco giró hacia tierra, al quedar a la deriva por su timonel herido y se podían ver las luces de los edificios situados al este de la salida de la Bahía del Mariel. Fue el momento más aterrador para nosotros, constatar cómo año y medio de riesgos y tensiones, planeando toda la operación de salida, se podía ir a pique. Una gran desilusión se apoderó de todos, al ver que la embarcación regresaba a tierra. El tiroteo había despertado a los moradores, quienes al igual que en la antigua Roma, iban a presenciar nuestra ejecución. El barco estaba a punto de zozobrar. Se podían ver los arrecifes a lo largo del litoral.

Elio, el otro timonel, en una rápida acción, se arrojó al timón y con gran astucia, maniobró para poder sacar al perezoso navío de los bajos y peligrosos escollos. Fue muy arriesgado sacar la embarcación de donde iba a encallar, pero el fuerte viento y la popa a barlovento nos ayudó. Y el arenero, con movimiento lento y majestuoso, dió un giro de 180 grados y su proa apuntó de nuevo al norte. Elio permanecía aferrado al timón, sus manos se fundían con su empuñadura y sus pupilas abiertas en la oscuridad, como un lobo de mar, escudriñaban el océano que se abría de nuevo delante de nuestros ojos. Volvimos a respirar, aunque seguían las ráfagas de armas automáticas provenientes de las lanchas pequeñas que continuaban en acción. Cuando los guardacostas cubanos vieron la embarcación girar a tierra, dieron por hecho nuestra derrota. Creyeron que nos habían intimidado, que nos habíamos acobarbado. Pero más asombrados debieron quedar cuando Elio retomó el control y nuestra proa enfiló de nuevo rumbo al norte.

Para protegerse y no le pasara lo mismo que a Andrés, Elio decidió acostarse en el piso y con una mano maniobrar el timón del barco. Mientras, Mario, el patrón, subía al techo con una linterna y desde allí se las ingeniaba para ver lo que quedaba del compás de navegación, pues el resto del instrumento había sido despedazado por los disparos y poder gritar para el puente las órdenes de mando y el rumbo. Esa maniobra desvió la atención de los guardias de las lanchas que se mantenían cruzando y descargando sus AK-47 contra el frente del arenero. Algunos de ellos empezaron a dispararle a Mario como si fuera un tiro al blanco.

Fue entonces cuando se sintieron una serie de golpes estremecedores, como si le estuvieran dándole con una mandarria a las planchas del puente de mando. De las paredes interiores salían pedazos encendidos de la madera que formaba la insolación del puente de mando. Juan y yo nos encontrábamos protegidos, acostados en el piso, al lado del equipo de radiocomunicación. Tuve que taparme los oídos con las manos, por el sonido irresistible del impacto de calibre pesado contra las planchas de acero. El humo, el olor a madera quemada y metal caliente era lo que se respiraba. En un momento, Elio me dice: "Creo que me dieron, porque no me siento de la cintura para abajo". La calibre 50 seguía peinando el puente y bajo una lluvia de esquirlas encendidas que caían, me arrastré hasta donde estaba Elio, extendido en el suelo y sujetando el timón con su mano izquierda. Al llegar, arrastrado, empecé a revisarlo en medio de la oscuridad, solo alumbrada por los reflectores de los guardacostas cubanos. Tenía una herida en los testículos. Al parecer, una bala de AK le dio de rebote en la zona de la próstata. "No siento nada, estoy entumido para abajo", me dijo Elio. Pero allí permaneció, asegurando el gobierno de la nave. Entre tanto, el resto de la dirección del grupo seguíamos cumpliendo las tareas que en los distintos puestos nos habían sido asignadas. Volvíamos a trabajar según el plan, a pesar de dos heridos graves y de toda la metralla que estábamos recibiendo.

Las tropas élites del régimen continuaban acercándose demasiado a nuestra embarcación, al punto que casi podían brincar de una cubierta a la otra. Pero gracias a la destreza del único timonel que nos quedaba, herido, pero consciente y en condiciones de seguir maniobrando la embarcación bajo la dirección de Mario -desde el techo impartiendo las órdenes-, con nuestro barco embestíamos a las patrulleras castristas, logrando que se separaran y evitando el abordaje a cualquier precio. Bajo aquellas circunstancias, la dirección del grupo se reunió. Estábamos conscientes de que nuestras decisiones tenían que ser un ejemplo para las personas que habían confiado en nosotros y que desde la creación del grupo, unos meses atrás, permanecían unidas y firmes. Llegamos al unánime acuerdo de que el arenero no regresaría a Cuba, a no ser que a todos nos mataran. Se cantó el himno nacional. Por 'banda de música', tuvimos el sonido de las balas impactando sobre el casco de la embarcación.

Juan Felipe
Fotos en un mural del Hogar de Tránsito para Refugiados Cubanos, más conocido como La casa del balsero cubano, en Miami. Se ven algunas imágenes de la tragedia vivida por las 64 personas que el 4 de junio de 1994, por la Bahía del Mariel, lograron escapar de Cuba. Uno de ellos es Andrés, el timonel que recibió un disparo de AK-47 en el cuello, su operación duró siete horas en un hospital militar. Elio, el otro timonel, recibió un disparo en la zona de los genitales. Al que se ve en el centro de la foto en una camilla, con sueros y una mano vendada, le dispararon a quemarropa con una pistola, la bala se ve en la parte inferior. Al muchacho acostado con la pierna enyesada le dieron un tiro en una pierna. Las peores heridas no se ven: quedaron en sus mentes.

viernes, 9 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (III)


Odio revivir estos recuerdos, contar dramáticos sucesos ocurridos hace más de dos décadas. Pero nosotros no fuimos los primeros: varias generaciones de cubanos han vivido situaciones iguales o peores intentando escapar del genocidio fidelista. Unos lograron escapar al principio, otros en años posteriores. Escribir sobre el humo blanquecino con olor a pólvora emanado por ráfagas de AK47 sobre individuos desarmados que desesperadamente trataban de huir de una dictadura que le fue impuesta el 1 de enero de 1959, me provocan tristeza y dolor. Pero a medida que he ido escribiendo, me he dado cuenta que siempre he sido un hombre libre y nunca me sentí esclavizado por una doctrina. Necesito contarlo para que los protagonistas no sean olvidados. Dejar el testimonio de cómo 64 personas desarmadas estuvieron dispuestas a morir por su libertad. Denunciarlo para que los criminales no queden inmunes.

La oscuridad y el mar agitado seguían siendo nuestro mejor aliado. La luna no se veía, había desaparecido por completo. El mal tiempo empeoraba y la fina lluvia cortaba el rostro. Los relámpagos daban la sensación de que la tempestad estaba a favor de nosotros. Parecía que también se estaba librando una batalla en el cielo entre el bien y el mal. El vaivén de las embarcaciones no les permitía a los sicarios del régimen pegarse con facilidad a nuestro barco para abordarlo. El oleaje, que para nosotros no era un problema, debido al tamaño del arenero, para ellos sí lo era y no podían arrimarse mucho, pues podían meterse debajo de nuesto barco, por el vacío que se forma entre dos embarcaciones que se unen en marcha. Nos dimos cuenta que ése era su talón de aquiles y su mayor temor.

Mientras ráfagas de calibre pesado impactaban sobre el puente, las dos lanchas pequeñas se le cruzaban por delante al arenero, peinando con descargas de AK-47 todo el frente del puente donde se encontraba el timonel Andrés. Las balas daban en las ventanas, en el casco... El visor del compás de navegación situado dentro del puente, donde se reflejaba la rosa náutica que estaba en la parte superior del techo de la embarcación, fue destruido totalmente. En aquel instante, la estación de radio dejó de recibir señales estáticas y ruidos de la frecuencia. Pensé que había sido dañada y enseguida Juan y yo nos pusimos a buscar el defecto y nos percatamos que un proyectil de AK-47 había partido el bajante de la antena que venía del techo, casi justo por encima de nuestras cabezas. Rápidamente, en medio de la penumbra, con los dientes, pelamos el cable y lo empatamos. La radio volvió a funcionar.

La fuerza de la naturaleza seguía estando en contra de los esbirros del castrismo. Eso nos permitía sacar ventaja, era el karma de aquellos aniquiladores de ensueños. Debajo de la copiosa lluvia y sin pensarlo dos veces, los hombres, mujeres y niños siguieron defendiendo la cubierta del arenero de posibles abordajes. De vez en cuando paraba de llover, pero los relámpagos aumentaban su espectáculo de luces en el cielo. A pesar del caluroso verano, típico del mes de junio, la ropa empapada por la lluvia y la frialdad de la noche nos afectaba mucho. La humedad no solo calaba hasta los huesos, si no que aumentaba a medida que avanzaban las horas.

La lluvia, los relámpagos y los fuertes truenos que a ratos se escuchaban, no impedían que el arenero siguiera abriéndose camino entre el cerco que le habían hecho las lanchas guardafronteras. Al mal tiempo se unían las ruidosas descargas de fusiles automáticos y los gritos de las personas que se encontraban en la cubierta de la embarcación, corriendo de un extremo al otro, unos desorientados y otros atemorizados, tratando de impedir que los guardias brincaran a cubierta. Mientras en silencio contemplaba la dantesca escena, de pronto me pareció como si todo se moviera en un filme cinematográfico lentamente proyectado. Lo fatídico procedía de un lente atrevido e indiscreto, el que captaba entonces mi pensamiento y ahora mi pluma. Aún hoy, aquella escena remueve profundamente mis emociones. Al recordarla, me lleno de confianza y de optimismo, con aquella gente llena de coraje y valentía, y al mismo tiempo, con una gran ecuanimidad.

Varias mujeres cogieron almohadas y las cubrieron con pañales, para que parecieran niños recién nacidos e intentar así persuadir a los guardias y dejaran de disparar. Gritaban desesperadas, llenas de terror, con bebés y los supuestos recién nacidos en brazos. Pero eso no cambió la dureza despiadada de los guardafronteras castristas, que no sintieron la más mínima piedad por esas mujeres ni por las madres que trataban de proteger a sus criaturas entre gritos y llantos infantiles. Pese al ruido de las armas automáticas que disparaban los guardias contra el puente de la embarcación, mujeres, niños y hombres se mantenían corriendo de un extremo al otro para proteger aquel pedazo de territorio libre. A ello se sumaban los truenos y las rugientes estampidas de los motores del arenero, tratando de mantener en movimiento nuestra embarcación. A las sombras de la noche se unían los reflectores de los barcos de la dictadura. La situación se fue tornando cada vez más dramática e intensa.

Las imágenes que vimos en aquel momento fueron lo más terrible que hubiéramos visto alguna vez en nuestras vidas. Vidas que se habían dedicado a sobrevivir dentro de la miseria que envolvía al país. Ninguna de las 64 personas que nos encontrábamos en el barco, jamás pensamos que viviríamos algo tan aterrador. Más allá del horror, debo reconocer que fue admirable el comportamiento instintivo adoptado por todos. Una gama de recuerdos pasaban por nuestras mentes, como cintas magnetofónicas que en vez de voces y canciones, registran patrones de comportamiento. Nacer, crecer y convertirte en un adulto bajo un sistema represivo, mentalmente a uno lo inhabilita para superar situaciones como aquéllas. Doy marcha atrás a mi memoria y me veo niño, con una pañoleta roja alrededor del cuello. Todo era programado, no había espontaneidad ni libertad para decidir y escoger. Esa obligatoriedad provocó que nos sintiéramos frustrados, incapaces de hacer esto o aquello, creer que muchas cosas no las podíamos hacer o no teníamos derecho a hacerlas por iniciativa propia.

El miedo y la duda es el motivo principal de una derrota. Y eso es lo que el enemigo estaba buscando, desestabilizarnos, aterrorizarnos con la pérdida de Andrés, el primer timonel, que había sido gravemente herido.

A eso de la 1:55 de la madrugada, Andrés gritó “me dieron, me dieron”, aguantándose el cuello. Vacilante, caminó unos pasos y cayó dando vueltas por la escalera que baja del puente hacia el comedor de la embarcación. Yacía boca abajo, sobre el piso mojado del comedor, al pie de la escalera. Estaba inmóvil, pero no totalmente inconsciente. Su cuerpo se estremecía por los espasmos que le provocaba la herida de bala en el cuello. Andrés tenía unos 40 o 45 años, mulato, no muy robusto, persona humilde y amable, perteneciente a la clase trabajadora. Vestía ropa oscura y su camisa de mangas largas estaba desabotonada. Desde la garganta, pasando por el pecho, se podía ver el lento y resplandeciente brillo de la sangre que brotaba de su cuello. La piel tostada de su cara y su pelo encaracolado estaban empapados de rojo. Personas que se encontraban protegiéndose de los disparos, lo acostaron en la mesa del comedor y lo taparon con una colcha. La sangre que brotaba de su cuello dejaba claro que la vida se le estaba escapando.

La angustia y el dolor apareció en el rostro de quienes trataban de auxiliarlo, poniendo sus dedos en la herida para detener la pérdida contínua de sangre. Andrés seguía en un estado de conmoción, la expresión de su rostro era de profundo dolor, sus pupilas desorbitadas dejaban ver el sufrimiento interno por el que estaba pasando. Su respiración se agitaba y su tez mulata empezaba a palidecer. Los músculos de la cara temblaban e intentaba decir algo. Entre balbuceos y las voces de las personas que trataban de ayudarlo, llegué a entender sus palabras: “No se detengan” . Instantes después cayó en un estado inconsciente.

Juan Felipe
Foto: Tormenta sobre el mar. Tomada de internet.

miércoles, 7 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (II)



A la luz de los breves relámpagos, se desataron las amarras del arenero René Bedia Morales y se empujó suavemente hacia la bahía, hasta que se separara de la otra embarcación que también se movía, a pesar de sus amarras a las bitas del muelle. Ese movimiento, producido por el mal tiempo, disimulaba cualquier sospecha de lo que se estaba haciendo. Fueron minutos de gran paciencia y mucha angustia. Mientras, Mario, Elio y Andrés, recogían los cabos que se habían soltado y trataban de limpiar de obstáculos la cubierta donde se libraría nuestra resistencia a los ataques castristas. El viento y la fina e intermitente lluvia hicieron que la visibilidad fuera disminuyendo, viéndose cada vez más borrosas las luces al otro lado de la Bahía del Mariel.

Poco a poco, el arenero fue separándose y a unos 20 metros de la otra embarcación, se puso en marcha una máquina en bajas revoluciones y se dio máquina atrás, hasta lograr separarnos lo suficiente del Pedro Véliz Hernández y poner en marcha la segunda máquina. Aparentemente, todo permanecía tranquilo. Nadie notó la maniobra del arenero, que orientó su proa hacia la salida de la Bahía del Mariel.

Una gran preocupación era no levantar sospechas mientras navegábamos por dentro de la bahía, ya que si nos descubrían podían atravesar alguna embarcación en el canal y obstruir el paso, para no dejarnos salir, porque la salida del Mariel es muy angosta y cualquier cosa pudiera entorpecer el paso. Por ello, una vez que nos separamos bastante del muelle de la agrupación arenera, decidimos encender las luces e ir con los motores a bajas revoluciones rumbo a la salida, que era donde estaba el Muelle de Capitanía y siempre tenía postas con guardias en las garitas. Pero como era costumbre que los areneros llegaran de madrugada al Muelle de Capitanía, se amarraran y esperaran a la mañana para hacer la revisión de rutina que los guardafronteras realizan a los barcos antes de salir, usamos esa costumbre como pretexto. De modo que los guardias de capitanía no se extrañaran cuando vieran el barco venir rumbo a la salida. Eso nos permitiría poder acercarnos y ganar el mayor tiempo y espacio posibles.

A medida que se iba cumpliendo cada renglón del plan, eran menos las preocupaciones. Ya estábamos rumbo a la salida, habíamos superado las maniobras preliminares con sorprendente éxito. Pero no dejábamos de tener ese temblor y esa sensación de dolor en la boca del estómago. Teníamos las frentes humedecidas, se olía un sudor agrio despedido por algunas axilas, la ropa estaba mojada, no solo por la ardua labor y la llovizna, también por los nervios, algo inevitable. Todos sabíamos que en cuanto el arenero pasara por Capitanía y no parara, un vendaval de proyectiles caerían sobre nosotros. Pero había que hacerlo aunque se tuviera miedo. Es la diferencia entre el valiente y el cobarde. Esa valentía era el resultado de nuestras ansias de liberar a nuestras familias y de liberarnos nosotros de la imposición de una dictadura.

A bordo, todo estaba listo para el enfrentamiento. La estación estaba encendida y sintonizada en 7118.8 MHz frecuencia poco usada por radioaficionados cubanos, lo que nos permitía que nuestras transmisiones no fueran detectadas en sus inicios en Cuba y no la interfirieran. El arenero siguió su marcha firme y suave, atravesando las tranquilas aguas de la bahía. La brisa del sur este había aumentado, pero no nos afectaba, más bien nos ayudaba. Estábamos listos, teníamos agua fresca y los tanques llenos de petróleo suficiente para la travesía. Días antes, el barco había sido abastecido con todos los suministros y lo habíamos puesto a trabajar de día en la zona del Mosquito, a la derecha de la salida del Mariel.

A una media milla de la salida de la bahía, los reflectores de las garitas de guardafronteras nos alumbraron. Bajamos más la velocidad e hicimos como si estuviéramos maniobrando para pegarnos a su muelle. Dos marineros, junto a Portuondo, salieron a cubierta, a preparar los cabos como si fueran a amarrar el barco cuando se pegara al Muelle de Capitanía. Como seguíamos alumbrados desde lejos por los reflectores, Portuondo le dió indicaciones a los marineros, para que tomaran sus posiciones en la cubierta junto a las bitas y de esa forma despistar a los guardias de las garita. Bajamos la velocidad, el barco, con un desplazamiento lento, se va acercando cada vez más,. Nos siguen alumbrando, pero creen que es una maniobra rutinaria, que nos vamos a quedar allí. Nuestros corazones laten aceleradamente, la respiración se agita. Seguimos de pie, cada uno en su puesto, esperando el momento de la colisión, que se acercaba. O seguimos o paramos.

“Tres cuartos de máquina adelante”, grita con voz autoritaria Mario, el patrón de la nave. Las manos robustas de hombre de mar de Andrés, empujaron sin misericordia los dos aceleradores del barco. Las máquinas, con sonido de trueno, dominaron aquel perezoso que apenas estaba sin movimiento. Dos chorros enormes de agua brotaron de las propelas, formando un manto de espuma en el mar como el velo que una novia tira al viento. Los AK-47 de las dos postas de guardafronteras empezaron a cantar sus melodías. Mientras soltaban al aire los proyectiles de sus cargadores, a través de altoparlantes nos dieron la orden de detener la embarcación. Estábamos a unos 400 pies de la salida de la bahía, el Muelle de Capitanía iba quedando atrás, las garitas apenas se percibían, salvo las luces de sus reflectores. Ya se podía ver cómo se abría el litoral. El ruido de las ráfagas de los AK-47 proveniente de las garitas se escuchaban a lo lejos, cuando de pronto aparecieron dos lanchas rápidas pequeñas, demasiado rápidas, con tres o cuatro guardias en cada una y quienes con sus AK-47 le tiraban al puente del barco, al tiempo que nos decían que no nos íbamos a escapar a ninguna parte. Todo esto acompañado de consignas marxistas y revolucionarias, mientras el arenero, metro a metro, iba ganando mar adentro, escurriéndose entre la oscura e inhóspita noche lluviosa.

Ya el litoral lo teníamos a popa, ya se conformaba toda la costa. Andrés, conocedor de aquella zona, se guiaba por las tenues luces de las casas en tierra. La franja costera se divisaba con claridad desde el puente. A pesar del mal tiempo, se veían también algunas de las luces de los edificios que iban quedando a nuestras espaldas. Ese primer encuentro con los castristas nos dejó desorientados, estupefactos. Nos quedamos callados, esperando recuperarnos del shock. Hasta que una ola rompió en la proa, estremeció el barco y mojó todas las ventanas del frente del timonel que se encontraba en el segundo piso, no nos habíamos percatado de que el mar estaba picado. Estaríamos a un par de millas mar afuera -el resplandor de la luna salía de entre las densas nubes que colmaban el cielo-, cuando de pronto de la oscuridad aparecieron dos guardacostas cubanos y una cohetera, que se posicionó en la popa de nuestra embarcación. A los lados, los guardacostas, que parecían colmenas llenas de avispas queriendo saltar a nuestro barco.

Se seguía escuchando el tableteo de los AK-47. Una nube de humo y olor a pólvora aromatizaban el ambiente. Mientras, nos seguían gritando consignas comunistas, palabras obscenas y morbosas, sin importar la presencia de mujeres y niños. Nos lanzaban granadas de humo. Nos humillaban diciéndonos escorias, basuras, gusanos, esbirros, traidores: los mismos calificativos denigrantes que siempre ha utilizado el castrismo hacia quienes no simpatizan con su revolución. Se aguantaban sus partes genitales y decían que por sus cojones no nos iríamos. Nos lanzaban destornilladores, pedazos de metal, tornillos, cuanto objeto encontraban a mano. Estaban medios desnudos, en calzoncillos y descalzos, no sé si ese era su disfraz de abordaje o no tuvieron tiempo de vestirse. El vocabulario y su apariencia dejaban mucho que desear, al tratarse de miembros de un ejército. Ni los piratas antiguos ni los modernos tenían el aspecto de unos militares que parecían salvajes sedientos de sangre y violencia.

No podíamos creer que ya estábamos fuera de la Bahía del Mariel rumbo a Estados Unidos. Ya no había marcha atrás. Cada minuto nos alejaba más de la tierra donde habíamos nacido. Cada minuto nos adentrábamos más en un viaje impredecible, una travesía casi imposible de realizar, debido a la fuerza armada con la cual contaban los fidelistas. Pero había que seguir adelante, ya no podíamos retroceder. En la medida que nos íbamos alejando y adentrando en ese mar oscuro y movido, en mi mente surgieron recuerdos. Mi vieja casa, mis padres, mis hermanos, los juegos con los amigos en la infancia. No lo sentía como un adiós, si no como una canción de cuna que junto al viento susurraba en mis oídos y me decía que iba dejando atrás mi patria. Todo lo querido me lo llevaba muy dentro conmigo.

Frente al macabro enemigo, teníamos que tratar de no equivocarnos y no cometer errores, teníamos que intentar pensar serena y objetivamente, de modo que no nos impidiera la creatividad y la innovación a la hora de solucionar situaciones que se presentaran en esta lucha desigual. Una serenidad que nos posibilitara cambiar estrategias, decisiones y formas de actuar. Y que en la adversidad nos permitiera enfocarnos en lo certero y positivo.

Poder reinventarse en circunstancias extremas, como las que estábamos viviendo, fue un proceso que contribuyó a que buscáramos alternativas y superáramos lo que en cada momento nos sucedía sin desviarnos del objetivo principal. Nos ayudó a cerrar etapas pasadas de nuestras vidas y a no revivir aspectos negativos que podían bloquear nuestros pensamientos y fracasar en lo que nos habíamos propuesto. Cuando el ser humano se reinventa, puede solucionar las situaciones que la vida le va presentando, descubrir la realidad objetiva que en ese instante está viviendo y desentrañar la esencia positiva de sus actos. En esas cruciales horas, mis meditaciones aumentaban.

Gracias a Dios, hasta ese momento, todo estaba fluyendo según el plan de escape que previamente y de forma unánime se había diseñado más de un año atrás. Casi no podía creer que todo lo que estaba pasando lo pudimos anticipar desde el comienzo, cuando incluso todavía nos teníamos miedo unos a otros, a pesar de la amistad y los años de trabajo en aquellos barcos areneros. Ese recelo era el resultado de la maquinaria represiva de un gobierno que desde sus inicios en 1959, había sembrado la desconfianza y la división entre la población y entre las familias. Creyeron que así evitarían que ciudadanos no adeptos a su sistema, se pudieran agrupar y ponerse de acuerdo en contra de ellos. Habían logrado hacer efectiva la frase célebre de Julio César: "Divide y vencerás".

Miré hacia la escalera y vi a Luis, que venía subiendo del cuarto de máquinas. Y mi mente se remonta al día que me acerqué a Luis y le dije que le tenía una propuesta. Confiaba en él, sabía que no era informante del régimen y nunca dudé de sus valores como persona y amigo. Aquel día, bajo el sol del mediodía, le dije: "Luis, si por una casualidad te enteras o si piensan ustedes llevarse un arenero para Estados Unidos, me avisas, no me dejes fuera. Tengo mi equipo de radioaficionado que nos pudiera sacar de un buen apuro". Luis se sonrió, me miró como interrogándome, se viró, miró a su alrededor, y al volverse me dijo: "Felipe, de dónde tu sacas eso, tú estás loco, cómo nos vamos a llevar un arenero para Estados Unidos". Pese a su sonrisa, había mucha seriedad en sus palabras.

Por dentro me quedé frío, al darme cuenta de la envergadura de mis palabras, y porque no esperaba que Luis me respondiera así, sabiendo que no simpatizaba con la revolución. Pero comprendí que tal vez él tendría miedo hablar sobre ese tema conmigo. Sonreí, reanudamos la conversación y hablamos de nuestras familias, mientras él y varios tripulantes del arenero seguían esperando en la esquina de la textilería, el autobús de la empresa que los llevaría al Mariel, para el cambio de tripulación. Era miércoles y el ómnibus siempre llegaba a la una de la tarde. Después de despedir a Luis y a los demás marineros, que también habían sido compañeros mío, de cuando trabajé como cocinero en los areneros del Mariel, me fui camino a mi casa, que quedaba en la esquina. Decidí que dentro de quince días volvería de nuevo al lugar, cuando la tripulación regresara a la esquina de la textilería, a esperar otra vez el ómnibus para el cambio de turno cada siete días. Seguiría insistiendo hasta que tuviera un resultado. Me había propuesto irme del país con mi familia y pensé que podía sembrar la semilla en Luis y él en otros compañeros.

Volví a la realidad con Luis frente a mí, preguntándome si ya teníamos comunicación con alguien, le explico que todavía no hemos hecho ningún contacto, que en cuanto lo logre se lo hago saber. Luis sigue caminando hacia donde estaban Elio y Mario y yo lo acompaño. Al pasar por una de las ventanas del puente, veo a la jauría de guardias castristas queriendo brincar a la cubierta de nuestra embarcación, mientras nuestra gente lo impedía a toda costa. Parecían lobos queriendo atrapar a su presa para rematarla. Vuelvo a reflexionar, esta vez sobre la represión que el castrismo impone al cubano cautivo de la isla, y sobre el comportamiento de individuos que se consideran revolucionarios, pero actúan y se comportan siguiendo patrones de mala fe y bajas pasiones.

Juan Felipe
Foto: Vista aérea de la Bahía del Mariel, realizada por Helio F. y tomada de Panoramio.

lunes, 5 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (I)


Desde hoy y hasta el miércoles 21 de febrero, en este blog y en el de Iván García, en ocho posts publicaremos la odisea vivida por 64 personas el viernes 4 de junio de 1994. El relato lo hace uno de los protagonistas, Juan Felipe Cuquerella, nacido el 9 de septiembre de 1959 en Regla, municipio situado al otro lado de la Bahía de La Habana.

Sobre su vida él mismo cuenta: "Llegué a este mundo, a nueve meses de haber cogido el poder por la fuerza el diabólico comandante de la desastrosa y mal llamada revolución cubana. Éramos una familia compuesta por tres hermanos y una hermana. Nuestros padres siempre vivieron para nosotros, su cariño y amor nunca nos faltó, a pesar de la miseria en que vivíamos, en una pequeña casa, con un solo cuarto, cocina y baño. Era de madera vieja y agrietada, con un piso con parte de cemento y losas muy gastadas. No sé cómo nuestra casa soportaba los escasos, viejos y remendados muebles que teníamos. Cuando llovía, me encantaba dormir con el sonido de las goteras que caían en las palanganas.

"A pesar de la pobreza, mis hermanos y yo éramos extremadamente felices, aunque muchas veces la vieja no pudiera comprar por la libreta el juguete básico que nos gustaba. La tía Nena, a la que queríamos mucho, recogía juguetes que la gente botaba y junto con los soldaditos de cartón que hacía mi hermano Mario, ya teníamos suficiente para sumergirnos en lo más profundo de nuestra inocencia. El viejo siempre estaba pendiente de nosotros, en las tardes nos leía libros de Julio Verne o de Emilio Salgari.

"Qué tiempos aquéllos, cuando el viejo participaba en nuestros juegos de guerra, él siempre era el general de las tropas buenas. Muchas veces se interrumpía el juego porque teníamos que escuchar, sentados frente a la radio. Éramos muy pequeños y todo nos sonaba de la misma manera. ¿Qué podíamos entender? Absolutamente nada. Una persona hablando de cosas que no comprendíamos. Así fuimos creciendo hasta que yo a cierta edad empecé a razonar. Ya los juegos no eran tan infantiles, se hablaba de táctica de guerra. El viejo, fanático de las contiendas bélicas, nos hablaba de la Segunda Guerra Mundial, nos enseñaba fotos, nos leía libros relacionados con las proezas soviéticas.

"Se hablaba de que el comandante (Fidel Castro) iba a arreglar la situación del país, que había que estar preparado para una invasión. No sabía exactamente de qué se estaba hablando, pero sí de que era un país cercano. La vida transcurría de la mano de la escasez y la hambruna. Un platanal que el viejo tenía en el patio dejó de existir, nos comimos hasta el 'ñame' (rizoma) de las matas de plátano. Yo iba a la escuela con un pantaloncito de saco que me hizo mi tía Nena, que me dejaban las nalgas llenas de salpullido. Pero ya teníamos una esperanza: el comandante arreglaría las cosas.

"El tiempo pasó volando. Y un buen día hablando con mi viejo, que más que padre e hijo, éramos amigos, descubrí que todo su afán era que sus cuatro hijos fueran militares, seguidores de los rebeldes, seguidores de los ideales del comandante que todo lo iba a arreglar en el país. Pero ya tenía una edad y podía discernir, tenía amigos y entendía las historias que otros me contaban. Ya podía interpretar lo que veía. La parte de mi cuerpo que más entendía era mi estómago vacío, que por las noches no me dejaba dormir. Por respeto, jamás repliqué a mi viejo sobre sus ideales. El día que decidí irme de Cuba, más nunca quiso hablarme. Lo tomó como una traición".

* * * * * * * *

En 1994 emigré a Estados Unidos con mi esposa Dolores Rodríguez Ferrer y mis dos hijas, Yindrys y Yamilé. La radio tomó ese día el rol más importante de mi vida, ya no era un simple entretenimiento. 64 personas incluyéndome yo, dependíamos de ese pequeño artefacto concebido con desperdicios de aparatos electrónicos. Una vez más se demostraba la teoría de que la materia no se crea ni se destruye, solamente se transforma. El juguete del niño grande se convertía en la única esperanza del grupo donde me encontraba, a bordo del barco arenero René Bedia Morales. La decisión se había tomado muy en serio, de forma unánime. No había marcha atrás: el arenero se iría a Estados Unidos o todos moriríamos.

La tragedia empezó cuando a la 01:20 de la madrugada del 4 de junio de 1994, las ondas electromagnéticas transmitidas por mi pequeño radio atravesaron el espacio radio eléctrico llevando consigo la llamada Mayday, señal de socorro que se transmite únicamente en situaciones de inminente peligro. Y ése era el caso de la tripulación que llevaba el arenero en el momento que fuimos blanco de la maldad, el odio y el egoísmo de una dictadura.

La oscuridad de una noche lluviosa sirvió de camuflaje y permitió movernos en la maleza que cubría el sector donde se encontraba la cerca peerless de la Agrupación Arenera del Mariel, perteneciente a Obras Marítimas, empresa propiedad del régimen cubano. A través de una abertura, 64 personas entre las cuales se encontraban mujeres, niños y ancianos, organizadamente, entrábamos a un inmenso terreno donde nos escondimos entre unos arbustos que parecían que estaban esperando nuestra llegada. Una vez allí, en medio de la hierba y las ramas, alcé la vista y a pesar de la penumbra monocromática que todo lo envolvía, escudriñé el panorama. A lo lejos se veín los barcos areneros amarrados al muelle, entre ellos el René Bedia Morales, amarrado a una segunda embarcación que permanecía meciéndose y embistiendo suavemente el muelle al que estaba atado. Sus bombillas estaban apagadas y una luz tenue proveniente de dos faroles, aclaraban un poco aquella parte del inmenso y oscuro patio lleno de montañas de arena.

Un pequeño grupo de siete jóvenes tuvieron la iniciativa de tomar el barco por sorpresa, pacíficamente. Cinco minutos más tarde, una bombilla parpadeó a lo lejos: era la señal de que el barco era nuestro. El resto del grupo se dirigió a la embarcación de forma disciplinada, teniendo en cuenta que en aquel lugar se encontraban custodios de la empresa y podían descubrir la operación. Pero los jóvenes habían tomado de antemano posiciones que les permitían vigilar a los custodios y poder ponernos sobreaviso. Todo hasta ese momento era como se había planeado. Los timoneles serían Andrés y Elio, al frente del cuarto de máquinas estaría Luis con el primer mecánico Murara y dos hombres más. Cuatro hombres en total para levantar las planchas del piso y ponerlas recostadas a las máquinas principales y protegerlas por si disparaban. Si los proyectiles atravesaban las planchas del casco, llegarían casi sin velocidad y temperatura, chocando contra las planchas que estaban recostadas a los motores, quedando las máquinas protegidas contra cualquier agresión que pudieran efectuar los guardafronteras en sus intentos por detener la embarcación.

Otra de las tareas era proteger el servomotor de las palas del timón, que es donde se ejerce el gobierno de una embarcación. Se rodeó con sacos de arena, por si el enemigo intentaba detener la embarcación rompiéndole ese mecanismo. En el puente estaría la estación de radiocomunicaciones, compuesta por un radio transmisor de 1, 5, 20 watts de potencia, de construcción casera, banda de 40 metros, con un sintonizador de antena incorporado y un amplificador de 600 watts, también artesanal. Si los comunistas nos ponían interferencia desde tierra, usaríamos el amplificador para forzar la comunicación. Operadores de dicha estación seríamos dos, CM2-PJ y CO2-JU, los dos nombrados Juan.

A pesar de que el grupo tenía su propia dirección, compuesta por algunos de nosotros, la idea era tener en cada puesto dos o más personas. No sabíamos qué iba a pasar y si uno caía, el otro seguiría con el plan. Juan y yo, de forma rápida y tratando de no equivocarnos, instalamos la estación de radio, sabiendo que el equipo había sido hecho pensando en los inconvenientes inesperados que se pudieran presentar. Conectar los cables de doce voltios con la escasa luz con que contábamos se nos hacía difícil, debido a que en esa parte del puente no había conexión eléctrica para ese voltaje. Desde otro sitio, tuvimos que colocar una extensión para poder alimentar el radiotransmisor. En ese momento me acordé de algunas herramientas que había traído y a paso rápido fui hasta los camarotes donde estaba el resto de la tripulación. De la mochila cogí una pinza y un destornillador, que no servirían de mucho si teníamos que resolver una rotura de los equipos, pero sí en una emergencia. Eso es mejor que nada, pensé. También cogí un pequeño rollo de tape eléctrico y aunque creo que tampoco era necesario, tomé un paquetico hecho con papel de cartucho que contenía algunas aspirinas, por si se necesitaban.

En ese momento, la embarcación estaba bajo el mando del patrón Mario. El resto del grupo era dirigido por Portuondo, marinero del arenero Bedia Morales, quien ya le había dado la orden al resto del grupo de permanecer en los camarotes debajo de la cubierta, que estaban con las luces apagadas. Cuando bajé al camarote, me di cuenta que el temor y la angustia se reflejaba en los semblantes de cada uno de los presentes, el terror se había apoderado de ellos. Contagiaba el mal presagio que allí se respiraba. La expresión de horror auguraba los malos momentos que se avecinaban, por la presencia del enemigo a quien nos íbamos a enfrentar. El reflejo de las velas encendidas dejaba en cada rostro el semblante gris de la muerte. Con lágrimas en los ojos, muchos se aferraban a sus símbolos religiosos. Oraciones y pedidos de clemencia al dios supremo se escuchaban en voz baja. Niños, madres, abuelos, no paraban de pedir que fuéramos salvados, mientras otros le pedían protección a los dioses de nuestros ancestros africanos, a los orishas que viajaron desde el África cientos de años atrás en aquellos barcos negreros. Yemayá, patrona de mi natal pueblo de Regla, fue invocada, al ser ella protectora del hogar y la familia, de los barcos y los pescadores. La madre de las aguas, la reina del mar, fue llamada para que nos protegiera durante la travesía.



Lo esotérico, el sincretismo y el folclor estuvo presente en todo momento. Estatuillas católicas eran alumbradas con velas mientras el humo de tabaco y el aguardiente rociaban a los guerreros, con Eleguá al frente, para que nos abriera el camino a la libertad. Todos confiaban en lo divino. El pueblo cubano es por excelencia, un pueblo muy religioso. Y todo el cielo tenía su espacio en aquel pequeño camarote. Una de las niñas que estaba con su hermana y su mamá, de pelo rubio y unos seis años, abrazó a su muñeca y le dijo que no tuviera miedo, que todo iba a salir bien. Me di cuenta de que esa muñeca jugaba un papel importante en su inocente vida, y su imaginación le permitía transportarse a realidades completamente desconocidas para una niña de esa edad. Ella y el resto de niños que hospedaba el Bedia Morales eran nuestra primera prioridad. Con sus miradas inocentes y sus frases llenas de amor, ternura e ingenuidad, con su imaginación, como si ellos a través de un hipotético lente onírico observaran las cosas torcidas de la vida, me dejaron sin aliento. En particular las palabras “no tengas miedo, todo va a salir bien”. Palabras que no solo reflejaban la inocencia de una niña de apenas 6 años, si no también lo real maravilloso, la candidez y la manera pura y limpia de cómo un niño era capaz percibir la realidad del mundo que le rodea.

Pero el miedo y el terror seguían envolviendo el aire que se respiraba, mezcla de humo, sudor y otros olores. Una pareja de ancianos lloraba mientras permanecían abrazados. Habían estado juntos una vida entera, compartiendo felicidades y tristezas, y ahora todo podía acabar en unos minutos. ¿Qué es la vida?, me pregunté. Una existencia que de pronto puede terminar sin tener en cuenta el sacrificio que se ha hecho hasta este instante. Los ancianos lloraban con un sentimiento innato, sin percibir la presencia de las personas que lo rodeaban. La escena parecía más bien una despedida. O quizás estaban anticipando una tragedia y el barco arenero era el sarcófago donde iban a ser sepultados en aguas frías y oscuras. Viéndolos pensaba: ¿por qué tendrían miedo de morir? ¿Se sentían confundidos o arrepentidos al elegir cómo podría terminar sus vidas? Solo tenían dos opciones, morir en vano o pelearle a la muerte. ¿Por qué no hacían una revisión completa de sus acciones en la vida?

Han estado luchando desde que vinieron al mundo, han luchado para sobrevivir a las innumerables presiones que la sociedad les ha impuesto a lo largo de sus existencias, en particular en los últimos tiempos, en un país donde todo ha estado relacionado con la supervivencia, escasez de alimentos, falta de derechos y justicia. Y ahora estaban quebrantados, afligidos ante una posible derrota, que visto de otra forma siempre sería una victoria, aunque fuese un intento fallido. Desde que ideamos el plan de fuga, nos abanderó el opitimismo, porque los optimistas hacen que las cosas pasen. Pero ¿ese sentimiento trémulo y desconcertante de estos ancianos venía de su ignorancia? ¿O era solo el reflejo del desconocimiento de una libertad que les fue programado a través del maquiavélico sistema castrista? El hombre libre muere luchando por sus libertades pues cree en sus convicciones. No salimos de la vida a través de la muerte ni tampoco con la muerte entramos en la inmortalidad. Vivimos cada minuto dejando nuestra huella en la eternidad por lo que hemos hecho. Nuestros actos nos convierten en hacedores de lo que comienza y termina en nuestra existencia. Y por ello tenemos que fijarnos bien cuando decidimos pasar por ese hilo tan fino de elegir entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre lo digno y lo indigno, para poder mirar al frente sin temor.

El desespero y la angustia de este matrimonio de ancianos no fue indiferente al grupo. Las personas se les fueron uniendo en su dolor, con los rostros llenos de ternura. Cálidos abrazos les fueron trasmitiendo el espíritu de fe y esperanza que ellos habían perdido. Se compartieron consuelos entre todos y ánimo fue la palabra más repetida. Poco a poco, los dos ancianos se fueron reanimando. Tomándoles las manos, todos los presentes decidieron orar para que las cosas salieran bien.

A paso apresurado, de nuevo me dirigí al puente, a seguir preparando la estación de radio. Miré de reojo a mi tocayo Juan, que seguía tranquilo y ocupado en los preparativos. No parecía que hubiera necesitado nada del camarote y no quise interrumpirlo con preguntas acerca de lo que estaba haciendo. Asumí que si hubiera necesitado algo me lo hubiera dicho. El barco permanecía oscuro y ése era nuestro mejor camuflaje. Cada uno de los integrantes de la dirección del grupo empezó su misión, trabajando en sus respectivos quehaceres, individuales o colectivos. Mientras se faenaba en el cuarto de máquinas, Mario, Elio y Andrés soltaban las amarras del barco, que estaba atado a otro arenero en el muelle, el Pedro Véliz Hernández que tenía personal durmiendo en los camarotes. Gracias a la fina lluvia y el viento, cualquier ruido pequeño no se notaba en una embarcación, menos en una noche tormentosa como aquélla.

Juan Felipe

Foto: Cada 7 de septiembre, la imagen de la Virgen de Regla, Yemayá en la religión yoruba, que se conserva en la Iglesia de Nuestra Señora de Regla, situada al otro lado de la bahía habanera, es sacada en procesión. Tomada de Noticias 24.

jueves, 1 de febrero de 2018

Locura de Mujer (IV y final)


Aida Diestro era una mujer obesa que tocaba el piano en una iglesia protestante de La Habana. En 1952, Elena Burke, Omara y su hermana Haydée Portuondo van a verla para que las ayude a formar un cuarteto vocal. La cuarta voz va a ser Moraima Secada, que años antes había cantado boleros con la orquesta Anacaona.

Así se inicia la historia del Cuarteto D'Aida, un grupo que, de manera casi milagrosa, ha producido cantantes de primera línea. La primera en causar baja del cuarteto es Elena, que inicia su carrera en solitario hacia 1957. La acompaña al piano Meme Solís, un joven recién llegado a la ciudad y que sueña con formar su propio grupo.

Se presentan en el Hilton y en el Club 21 durante unos meses, hasta que la Burke comienza a trabajar con otro pianista.

Meme Solís estrena su cuarteto en 1961. Son tres hombres y una mujer: Moraima Secada. Cantan bossa nova, bolero, guaracha, rumba y chachachá. El temperamento desbordado y la potente, dramática voz de Moraima la hacen despuntar como solista y se decide por fin a probar suerte en ese mismo año. De la noche a la mañana se convierte en una de las indiscutibles.

Muchos artistas prefirieron abandonar la isla a inicios de los 60. Otras figuras, que habían permanecido en el extranjero, como Rosita Fornés, La primera vedette de Cuba, regresa a La Habana, dejando un excelente contrato en Madrid con el maestro Augusto Algueró Jr. Pero el éxodo prosigue: Bertha Dupuy, María Luisa Chorens y Blanca Rosa Gil, entre otras, eligen el camino del exilio.

Las transformaciones revolucionarias se reflejaban incisivamente en la vida nocturna, en especial en los ambientes de cabaret. La revolución cerró definitivamente las salas de juegos y los casinos. Los centros nocturnos pasaban de manera gradual, tras el exilio de los propietarios y la retirada de las empresas que las regenteaban a ser administrados 'revolucionariamente'.

Olga Guillot abandona su puesto de primera figura en el show Serenata Mulata y toma el avión rumbo a Ciudad México. De esta forma, propicia el debut de una muchacha que hasta el momento había cantado en clubes y pequeños cabarets y que la va a sustituir en la fastuosa producción: Gina León, que asciende meteóricamente y la popularidad y de inmediato graba un disco que como pocos recibe aclamación unánime.

Gina León recibe premios y trofeos, en céntricos lugares de la capital se instalan enormes vallas que anuncian su presencia en éste o aquel cabaret. Es difícil entender cómo pudo desvanecerse su nombre y figura años después, al punto que hoy muchos cubanos de 25 y 30 años nunca la han escuchado.

La sin par Freddy marcha contratada a Venezuela y luego a México, junto al incansable Rodney, que la conduce a Miami. Más tarde viaja a Puerto Rico, donde sufre un fatal ataque al corazón el 31 de julio de 1961.

A inicios de 1962, La Lupe viaja a México y un año más tarde llega a Nueva York, ciudad donde se encuentra con el tamborero cubano Mongo Santamaría y graba su primer disco fuera de Cuba. El resto es conocido. En La Habana había grabado dos LPs para la Víctor y había conseguido su primer gran éxito con No me quieras así.

La canción tipo balada, procedente de Europa, cobra fuerza en el gusto de los cubanos y a su amparo surgen baladistas como Luisa María Güell y la más famosa de todas, Marta Strada que debuta en 1963. Entre las voces nuevas destaca Leonora Rega -que había sustituido a Elena Burke en el Cuarteto D'Aida- y que también se suma a la oleada de baladas que inunda la radio.

Ela Calvo consigue escalar primeros puestos a mediados de los 60, años en que se perfila la carrera de Marta Justiniani, con un repertorio que transita desde la canción lírica o de concierto al bolero y el bossa nova, y se da a conocer la autora e intérprete Teresita Herrera con Ser, una balada que muchos cantan y graban por aquellos días.

Hasta la intervención de los pequeños negocios y el cierre de los cabarets en 1968, son básicamente éstas las damas de la canción que acaparan la atención de los cubanos que asisten a centros nocturnos y otros lugares de recreo, como las carpas-teatro, que presentaban pequeñas revistas humorísticas y espectáculos musicales.

Los años van pasando y con ellos llega el alejamiento, a veces el desánimo, el paulatino eclipse. No todas van a soportar el abrupto cambio de sentido de sus vidas. Comienzan a desaparecer las vedettes, las guaracheras, las baladistas. Celeste Mendoza, Gina León y Marta Strada, a pesar de su extensa popularidad, figuran cada vez menos en los programas de televisión o en la pista de los grandes cabarets. Con ellas van desapareciendo Los Zafiros, El Cuarteto de Meme Solís y otros grupos y solistas.

Con la llegada de los 70, se abrió una época en la que por parte de la difusión, se favoreció la canción de autor, de contenido: la canción protesta. Serán los días iniciales de la Nueva Trova, movimiento que algunos se empeñaron en enfrentar al mundillo del espectáculo como la opción 'más acorde con estos tiempos'.

Mientras trataban de afilar inúltimente esa punta de lanza, hubo una invasión indiscriminada de música extranjera, de pop de ínfima calidad que costó década y media desterrar, aunque aún se padezcan sus estragos. Pero hay cosas que no se podrán recuperar jamás.

Paulina Álvarez fallece en 1965. Moraima, Leonora y Amelita Frandes dejan este mundo a inicios de los 80. Esther Borja, Francis Nápoles y Marta Justiniani se retiraron de los escenarios.

Doris de la Torre y Gina Martín se marcharon de Cuba a comienzos de los 60. Celeste Mendoza murió en 1998. Teresita Herrera siguió actuando, aunque esporádicamente.

Sin embargo, una artista de la talla de Elena Burke interpreta canciones de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez que se integran de manera ejemplar a un repertorio donde el filin, bolero, guaracha, rumba y trova, vieja o nueva, forman parte de un mismo indivisible tronco: el gusto de cantar, un gusto que no conoce derrota.

Ésa es la más hermosa de todas las locuras, la que, sinceramente, valió la pena cometer.

Sigfredo Ariel

Video: Hay que agradecerle a Daniel E. Cádiz que en noviembre de 2016 no solo se tomó el trabajo de subir a You Tube el disco El Original Cuarteto D'Aida, si no también tuvo la delicadeza de incluir los títulos de los temas interpretados: Yenyere Cumae/El bombón de Elena, Nocturno antillano, Las mulatas del chachachá, Tabaco verde, Oye mi ritmo, Ya no me quieres, Totiri Mundachi, Cachita, Profecía, Cuanto me alegro, No sé que voy a hacer, Matilda y Cariñito azucarado.

También puso los créditos: Aida Diestro, directora musical; Elena Burke, Omara Portuondo, Haydée Portuondo y Moraima Secada, cantantes; Luis Escalante, trompeta; Alberto 'Platanito' Jiménez, trompeta; Pucho Escalante, trombón; Edilberto Scrich, sax alto; Emilio Peñalver, sax tenor; Oswaldo 'Mosquifín' Urrutia, sax barítono; Pedro 'Peruchín' Jústiz, piano; Salvador 'Bol' Vivar y Rafael 'Papito' Hernández, contrabajo; Oscar Valdés, bongó; Guillermo 'Barretico' Barreto, batería, y otros músicos que lamentablemente no fueron identificados.

Al final, aclaró que en los tracks 13 y 14 la orquesta y los arreglos son de Arturo 'Chico' O'Farrill; que los tracks 1 al 12 fueron grabados en La Habana del 26 de marzo al 13 de abril de 1957 y que los tracks 13 y 14 fueron grabados en México los días 9 de septiembre y 9 de diciembre de 1957.

lunes, 29 de enero de 2018

Locura de Mujer (III)


El público cubano no ha preferido nunca a los crooners. Un Frank Sinatra criollo no hubiera hecho posiblemente una muy brillante carrera en La Habana.

En cambio, las cancioneras de estilo sentimental y lento, que más que cantar 'dicen' a voluntad la letra de la canción, han formado legión en la Isla. Para los hombres se reserva el llamado bolero rítmico, con el tiempo musical muy bien marcado por la percusión, tal como lo interpretaban -cada quien a su manera- Roberto Faz; el inmenso Benny Moré, que sí era capaz de deslizar expresiones de filin en algunos de sus boleros, o Miguelito Cuní.

No es que no hubiera cancioneros estupendos, Fernando Álvarez, Pepe Reyes, Luis García o Miguel D'Gonzalo son ejemplos excelentes, aunque Álvarez logra su mayor popularidad cantando boleros.

El bolero rítmico (que por cierto es un término absurdo, ya que todo bolero es rítmico y melódico) también fue cultivado por éxito por mujeres como Blanca Rosa Gil y Amelita Frades, entre muchas otras.

En ocasiones el adjetivo rítimico tiene que ver con ciertos compases que aluden al mambo o al son, dotando a la pieza de una guía o estribillo que acentúa su carácter bailable. Amelita encontró con su versión de Aquel rosario blanco su canción de la suerte, al punto que la interpretó a lo largo de toda su carrera.

El bolero admite ser permeado, a la vez que puede traducir en su estructura géneros musicales de muy variada procedencia. Un bolero, por ejemplo, cantado por Celeste Mendoza, va a poseer siempre un inequívoco aliento a guaguancó, la forma por excelencia cantabile de la rumba. Celeste formó parte del cuerpo de baile del cabaret Tropicana hasta que en 1957 fue 'descubierta' y llevada a un estudio de radio para grabar su primer disco.

Las rancheras mexicanas, metidas en el ambiente criollo de la rumba, con una pizca de mambo, fueron sus cartas credenciales, sus primeros y más recordados aciertos. A la ranchera le sucedió la tonadilla y luego el tango, como el tema musical de una película de Libertad Lamarque que hizo llorar a nuestros abuelos: Besos brujos, entonado por Celeste en franco desafío, no en tono de lacrimoso reproche.

El cuplé La violetera, popularizado por esos años por la película de Sara Montiel, cantado por la veterana Paulina Álvarez en tiempo de guaguancó fue otra de las locuras de aquellas mujeres que veían cómo se esfumaba la quinta década del siglo veinte.

Paulina fue llamada La emperatriz del danzonete, por la manera majestuosa que encontró para hacer famoso el género musical creado por Aniceto Díaz en 1929. Hay algo de pícaro y burlón en esta violetera mulata, entrada en carnes y respaldada por una charanga -flautas, violines, piano- y nos tambores zumbones.

Celia Cuz declaró en varias ocasiones su admiración hacia Paulina Álvarez, famosa desde inicios de la década de 1930. Graciela, voz femenina de Machito y sus afrocubans de New York, también manifestó que La emperatriz inspiró su peculiar estilo desde los tiempos en que se iniciaba con la jazz band Anacaona (fundada en 1932), la más famosa orquesta cubana de las integradas exclusivamente por mujeres.

Paulina Álvarez había tenido el coraje necesario para fundar su propia orquesta en 1938, agrupación que contó con Rubén González en el piano.

Sigfredo Ariel

Video: Celeste Mendoza interpreta Canto a Benny Moré, en un programa que la televisión cubana le dedicara al Bárbaro del Ritmo a raíz de su muerte, el 19 de febrero de 1963.

jueves, 25 de enero de 2018

Locura de Mujer (II)


En el último año de la década de 1950, las tres sepias estelares del momento se habían convertido en cancioneras fuera de serie: Olga Guillot, Berta Dupuy y Elena Burke.

Pero contínuamente surgían nombres nuevos y con ellos un público que también consumía rock and roll, aunque bailara los chachachás de la Orquesta Aragón y se estremeciera con las canciones del filin, entonces en su apogeo.

En 1959 debuta en el casino del hotel Capri, Fredesvinda García Herrera, Freddy, una mulata de trescientas libras de peso y una increíble voz de contralto que se había ganado la vida hasta pocos días atrás, trabajando en el servicio doméstico.

A las mismas humildes faenas se dedicaba Amelia Martínez, una impredecible y excéntrica guarachera, que va a escalar el escenario del cabaret poco después, y que sería bautizada con el nombre de Juana Bacallao, una guaracha de Obdulio Morales que ella interpreta muy a su manera y que resume gráficamente la irrupción de lo marginal en ámbitos más refinados. (Ver también a la vedette Olga Chaviano cantando Yo soy Juana Bacallao en la cinta Yo soy el hombre, de Raúl Medina y Salvador Behar, estrenada en 1952 y en la cual la Chaviano figura al lado de las actrices Alicia Rico y Candita Quintana y de la cantante Olga Guillot).

En enero de 1960, Freddy está en televisión, compartiendo un gran show patrocinado por la marca de tabacos Partagás, con Benny Moré y Celia Cruz. Es lo máximo a que puede aspirar la rolliza ex sirvienta. Canta The Man I Love, de George Gershwin, y Night and Day, de Cole Porter, ambas con letra en español, algo disparatadas, pero muy sentidas.

En el club La Red, en L y 19, en pleno barrio de El Vedado, La Lupe (Lupe Victoria Yoli Raymond), impone un estilo originalísimo y francamente agresivo de interpretar boleros y calipsos, rocks y guarachas. Ella había formado parte del trío Las Tropicuba antes de decidirse a cantar en solitario.

En los comienzos de su carrera, Lupe ganó un concurso de aficionados que imitaban a Olga Guillot, uno de los grandes ídolos de los 50 en Cuba, marca indeleble sobre varias generaciones de intérpetes en América Latina. En 1960 recibe un Disco de Oro de la RCA Víctor -junto a Benny Moré, Luis García y Pacho Alonso- por su primer long playing, Con el diablo en el cuerpo, que contiene versiones de Crazy Love, de Paul Anka, y Fever, popularizada por Peggy Lee.

Otra de las grandes voces femeninas cubanas, Esther Borja, de formación sólida y voz de mezzosoprano, por esa época se encuentra renovando su carrera, tras haber recorrido los Estados Unidos con la compañía de Sigmund Romberg a mediados de la década de 1940 y presentado en el Carnegie Hall de Nueva York en conciertos de Ernesto Lecuona, con quien actuó en medio mundo. A finales de los 50, la Borja interpreta boleros y canciones nuevas. Hace dúo con Doris de la Torre, cantante del grupo del pianista Felipe Dulzaides, y una de las más connotadas intérpretes del estilo filin.

A esa tendencia pertenecen otras cantantes que se escuchan por esos días: Marta Justiani -que va a presentarte durante largo tiempo junto al compositor y pianista Frank Domínguez en el club Imágenes- y Francis Nápoles, la principal atracción de Las Vegas Club, en la calle Infanta.

En otro cabaret habanero, el Nacional, la vedette Gina Martín se presenta en el espectáculo Así es La Habana, cantando afros y guarachas, rodeada de modelos esculturales y de humo de cientos y cientos de cigarrillos. Aquel ambiente va a transformarse con celeridad dentro de muy poco, pero ellas aún no lo sospechan.

Sigfredo Ariel

lunes, 22 de enero de 2018

Locura de Mujer (I)


Son mujeres diferentes, cantantes con un estigma llamado genio, extravagancia, desmesura, furia...

En los últimos cincuenta años, esas mujeres frenéticas han sido un punto y aparte en los escenarios de Cuba y el mundo, han marcado épocas y han grabado sesiones y discos inolvidables, han inspirado películas, novelas, canciones. Y parece al oírlas a todas juntas que existe un hijo conductor en su arte, que podríamos hablar de un género que sigue vivo y que se alimenta de excesos, de voces sublimes, de leyendas.

Locura de Mujer es la banda sonora de una enfermedad que cura, de un delirio con forma de bolero, son o guaracha, que sigue provocando llanto y alegría, esperanza y pena, alivio y dolor.

Son sólo mujeres que cantan y ésa ha sido probablemente su locura.

José Luis Rupérez (Madrid, 1954)

A continuación, y en cuatro posts, el texto que Sigfredo Ariel (Santa Clara, Cuba, 1962) escribió para el cuaderno que acompaña al CD Locura de Mujer, lanzado en el 2000 en Madrid, bajo el título Cuba Soul y que con licencia de la EGREM produjera Cuba XXI Music SL.

Contiene 16 canciones en las voces de 17 cubanas: La Lupe (No me quieras así, de Facundo Rivero); Celeste Mendoza (Besos brujos, de A. Malerba y R. Sciamarella); Marta Strada (Perdóname, mi vida, de Ruiz y Zorrilla); Moraima Secada (Rompiendo, de Chany Chelacy); Esther Borja y Doris de la Torre (No tienes por qué criticar, de Ela O'Farrill); Leonora Rega (Con mi soledad, de Olga Navarro); Gina León (Seguiré mi viaje, de Álvaro Carrillo); Gina Martín (Cabio sile yeyeo, de Félix Chapottín); Amelita Frades (Aquel rosario blanco); Freddy (Noche de ronda, de Agustín Lara); Paulina Álvarez (La violetera, de Padilla y Montesinos); Francis Nápoles (Junto a ti esta noche); Marta Justiniani (Persistiré, de Rubén Rodríguez); Teresita Herrera (Ser, de Teresa Herrera); Elena Burke (Llegaste a mi cuerpo, de Pablo Milanés) y Juana Bacallao (Yo soy Juana Bacallao, de Obdulio Morales).

* * * * * * *

Desde los inicios del siglo veinte, las voces femeninas han quedado impresas en cilindros Edison, discos de vinilo, cintas magnetofónicas o los medios de registro sonoro que han surgido con posterioridad.

Fue una cubana, la soprano Chalía Herrera, de las primeras cantantes en el mundo que se aventuraron a realizar grabaciones en el Nueva York de finales del ochocientos, junto a Caruso, cuando dejar memoria del canto era todavía una quimera. O mejor: una locura.

Teatros, cabarets y estudios de radio y televisión han sido testigos de no pocas 'locuras' llevadas a cabo por las cubanas. Artistas que -fuera cual fuera el género que cultiven, cancioneras líricas, guaracheras, soneras o trovadoras- se empeñan en ser irrepetibles, distintas, singulares.

No pocas lo han logrado, no sólo en el modo de cantar, si no en la manera que escogen para presentarse ante el público. El CD Locura de mujer precisamente es una colección de poderosas individualidades, de voces que movieron las noches habaneras, que sacudieron a su antojo oídos y ojos de la gente.

No sólo a través de sus actuaciones en vivo y sus discos, sino con la historia de sus propias vidas. En alguna medida ellas condimentaron buena parte del siglo veinte, contando infinitos dolores, prometiendo avalanchas de amor, bailando, riendo y cantando de punta a punta de la larga y estrecha isla.

El año 1959 fue un año climático para la vida cubana. La revolución triunfante encontró un ambiente musical caleidoscópico, repleto de versátiles opciones nocturnas. Los minúsculos night clubs de El Vedado acogían a jazzistas y cantantes de filin; en las fastuosas producciones de Tropicana, donde reinaba un coreógrafo catalán de imaginación desbocada, Roderico Rodney (Rodney), convivía la rumba con la opereta vienesa, el chachachá con el swing, la samba con el son montuno.

Montmartre, Sans Souci, Casino Parisién, Havana Riviera, el Capri y el Hilton (actual Habana Libre) eran sitios exclusivos donde se presentaban shows con orquestas estupendas, artistas famosos importados o consagrados nacionales. Al oeste de la ciudad, la playa de Marianao estaba llena de pequeños cabarets -Mi Bohío, Bambú y Rumba Palace los más concurridos- donde músicos y cantantes, modelos y bailarines probaban sus armas cada día con la ilusión de triunfar en grande.

Sigfredo Ariel